Antes de que aquí hubiera una parrilla encendida, hubo un andén, un reloj y gente esperando. Esta es la historia del edificio que ocupa Casa Galván 825.
Casi todos los pueblos de la vega del Segura tienen un edificio así: bajo, alargado, con más puertas de las que parecen necesarias y una fachada que mira a un lado vacío. Es la forma que tienen las estaciones de sobrevivir a los trenes.
La antigua estación de Las Torres de Cotillas es una de ellas. Y como pasa con las mejores, su historia explica bastante bien la del propio municipio.
El ferrocarril y la actividad económica que trajo consigo fueron determinantes en Las Torres de Cotillas desde el segundo tercio del siglo XIX. No es un dato menor: en un municipio de huerta, la vía significaba poder sacar el género fuera antes de que se estropeara.
Hasta entonces, lo que se cultivaba en la vega se vendía cerca por pura obligación. Con el tren, la fruta, la verdura y la conserva del valle del Segura podían llegar en horas a los puertos y a las ciudades del interior. La huerta dejó de ser solo despensa local y pasó a ser proveedora.
Ese trazado —el que unía el interior con Cartagena atravesando la vega, con estaciones como Calasparra, Cieza o Alguazas por el camino— es el mismo que aparece dibujado en las paredes de la casa. No es decoración: es el mapa del sitio donde estamos.
El edificio de la antigua estación se levanta casi en el límite entre la huerta torreña y el casco urbano. Esa frontera, la del pueblo con el campo, sigue siendo bastante literal si te asomas.
Conviene quitarle romanticismo y devolverle el ruido. Una estación de este tamaño no era un sitio bonito: era un sitio útil.
Las líneas secundarias del sureste fueron cerrando a lo largo del siglo XX y muchas estaciones se quedaron sin función: algunas desaparecieron, otras se rehabilitaron como oficinas, centros culturales o restaurantes. Es lo que hoy ocurre con la de Las Torres de Cotillas, que da cobijo a un asador.
El cambio tiene más sentido del que parece. Una estación es un sitio de paso donde, sin embargo, todo el mundo se detiene. Un asador funciona igual: se viene a parar, no a resolver. Ninguno de los dos admite prisa.
Por eso el 825. Es el número de una vieja locomotora y nos sirve de recordatorio doble: aquí todo llega a su hora y todo sale a fuego. Cada plato de nuestra carta tiene su tiempo de brasa, igual que cada tren tenía el suyo. Y a los menús no los llamamos menús: los llamamos Los Trayectos, tres estaciones desde 59,90 €.
Si vienes a comer desde Murcia, Molina de Segura o Alcantarilla, merece la pena llegar antes y dar una vuelta. A pocos minutos tienes:
Comer donde antes se cargaban cajas de fruta y hacerlo con producto de esa misma huerta cierra un círculo bastante razonable.
No hemos querido montar un museo del tren ni llenar las paredes de trastos antiguos. La referencia está donde tiene que estar: en el nombre, en el trazado de la pared, en cómo llamamos a las cosas y en la manera de entender el servicio.
Lo demás lo pone la brasa. Encina, producto de la tierra y de la lonja, y el punto exacto. Sin prisa, pero sin perder el tren.
Casa Galván 825 · Restaurante asador en Las Torres de Cotillas.
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